NOTOFILIA Numismática y Notafilia
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Cartel de las coscojas de Santander: dos piezas de latón de 50 centavos, 1902, sobre un mapa, con vainas, brújula y un paisaje de montaña. Es una ilustración, no el escaneo de una pieza de la colección.

Colección virtual

Las coscojas de Santander

Monedas de una sola cara, hechas a mano con casquillos de bala, nacidas del final de la Guerra de los Mil Días.

Datos

Emisor
Estado de Santander
Año
1902
Denominaciones
10, 20 y 50 centavos
Metal
Latón
Fabricación
Artesanal, de una sola cara
Lugar
Bucaramanga
Taller
Hermanos Penagos
Curso
Forzoso, solo en Santander
Ref. (50 c)
1,45 g · 23,1 mm

Las fotografías se añadirán cuando las piezas estén en la vitrina.

Un país sin moneda

La Guerra de los Mil Días se extendió entre el 17 de octubre de 1899 y el 21 de noviembre de 1902, cuando se firmó el Tratado de Wisconsin. Al llegar 1902 el conflicto había agotado las arcas públicas, y en las regiones escaseaba la moneda menuda con la que se pagaban las compras diarias y a las tropas. Ambos bandos habían recurrido ya al papel: los liberales de Rafael Uribe Uribe pusieron en circulación billetes del «Gobierno Provisional Liberal», impresos en tinta negra sobre papel de cuaderno, y también los llamados billetes de Peralonso en las zonas que controlaban. El gobierno resellaba en rojo billetes de bancos privados para convertirlos en circulante legal.

Santander fue el teatro más duro. Peralonso se libró el 15 y el 16 de diciembre de 1899. Palonegro, junto a Bucaramanga, duró del 11 al 25 de mayo de 1900: catorce días de trincheras. El gobierno ganó la posición y el campo quedó cubierto de vainas.

El metal de la batalla

En Santander la solución fue más material. El general Ramón González Valencia, gobernador y jefe civil y militar del departamento, decretó el 19 de julio de 1902 una moneda metálica fraccionaria. El Tiempo habla de cobre para las transacciones pequeñas. El decreto, según los apuntes numismáticos, autorizaba 750.000 pesos, de curso forzoso solo dentro de Santander, para pagar a las tropas y mover el comercio menudo.

No había cospeles de plata, cobre ni níquel. La materia prima salió de Palonegro. Los apuntes dicen que se despacharon pelotones a recoger vainas de fusil —sobre todo de armamento tipo Mauser o Gras— y que, por el tonelaje final, se estiman unos 300.000 casquillos. De ahí el otro apodo: «monedas sangrientas». El trabajo se hizo en Bucaramanga, en el taller de los hermanos Penagos, casa de maquinaria agroindustrial que sirvió entonces de ceca improvisada. El latón de cartuchería, cobre y zinc, se fundió, se limpió de escoria y se laminó a mano.

Una pieza hecha a mano

No hubo troqueles industriales ni prensas de volante. Los punzones se grabaron a mano. Cada moneda lleva por anverso la denominación dentro de una gran «C». En el 50 centavos la leyenda es «SANTANDER 50 C 1902»; en el 20, «SANTANDER C 20 1902»; en el 10, «SANTANDER 10 C». No hay busto, escudo ni efigie. El reverso no está grabado aparte: el golpe hunde el relieve del anverso y se lee por detrás. La alineación es de medalla. El canto quedó ligeramente redondeado para que la lámina no cortara. Los troqueles se quebraban y dejaron variedades de leyenda. Esa factura irregular es lo que las distingue de una acuñación oficial.

De los 750.000 pesos autorizados, los mismos apuntes registran 393.100 puestos en circulación: 684.000 piezas de 50 centavos, 130.500 de 20 y 250.000 de 10. Las medidas son de catálogo. Esta vitrina no pesó ni midió un ejemplar.

Medidas de catálogo de las tres denominaciones, 1902
Denominación Peso Diámetro Grosor Leyenda Piezas
50 centavos 1,45 g23,1 mm1,1 mmSANTANDER 50 C 1902684.000
20 centavos 0,7 g20 mm—SANTANDER C 20 1902130.500
10 centavos 0,5 g15,5 mm0,62 mmSANTANDER 10 C250.000

Por qué «coscojas»

La gente de Santander las bautizó así por su tamaño diminuto, y el apodo desplazó a cualquier denominación oficial. El Tiempo consigna la autorización de 750.000 pesos en piezas de baja denominación.

En la guarnicionería, coscoja —también pontezuela— es el anillo o ruedecilla metálica del freno del caballo, que tintinea al paso. El traslado del nombre a estas piezas se explica por el latón tosco, el poco grosor y ese mismo tintineo. El mote se usó después, y con otro sentido, para la moneda exclusiva de los lazaretos.

El canje y la fundición

El Tratado de Wisconsin cerró la guerra el 21 de noviembre de 1902. El 29 de enero de 1903, José Manuel Marroquín, vicepresidente encargado del ejecutivo, firmó el decreto 102. Los apuntes numismáticos le atribuyen tres pasos: reconoció por un tiempo las piezas de González Valencia, siempre solo dentro de Santander; mandó al Ministerio del Tesoro ventanillas de canje por papel nacional; y ordenó fundir el metal ya canjeado. La mayor parte de lo labrado en el taller Penagos volvió al crisol. Lo que quedó fuera de esa fundición es lo que hoy se conserva.

Ese retiro cabe en el arreglo monetario de después de la guerra. La Ley 33 de octubre de 1903 prohibió nuevas emisiones indiscriminadas de papel, fijó el peso oro como unidad y creó la Junta Nacional de Amortización para recoger el papel depreciado. En el Museo Casa de Moneda, y en la obra comentada de Banrepcultural, estas piezas se muestran junto a los billetes de Peralonso.

Nota sobre las fuentes

La cápsula de El Tiempo habla de cobre; El Tiempo Colecciones y Numista, de latón. Aquí se adopta latón, que es lo que registra el catálogo con especificaciones medidas. El taller Penagos, las cantidades acuñadas, los 300.000 casquillos estimados y el decreto 102 de 1903 proceden de los apuntes «Las monedas sangrientas». No son un pesaje ni un acta de esta colección.

El mismo apodo designa, en otra página, la moneda exclusiva de los lazaretos. Es otra emisión. Numismática de los Lazaretos

Fuentes

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